El despertar de la señorita Prim

Novela que cogí con gusto, porque me resultó fresca y diferente a la narrativa actual, con un guiño constante a la literatura costumbrista inglesa (Jane Eyre). Pero a medida que leía...

Sí, es verdad, me gustó mucho, sobre todo los personajes y me refiero especialmente al Hombre del Sillón, que sin nombre propio queda bautizado finalmente de esa forma. La propia señorita Prim, una calculadora pragmática de ideas bien asentadas. ¿Y la madre del Hombre del Sillón? Una odiosa dama, vieja y retorcida, que aunque desea amar, su carácter la aleja de los demás, excepto de la señorita Prim y la cocinera, cuyas medidas de distancia se ha tomado entre las tres y por eso ahora son buenas amigas, porque saben hasta dónde pueden llegar.

La trama es la fórmula de encuentro/desencuentro en los que los culebrones televisivos echan el resto. Pero a diferencia de estos, basados siempre en amor-odio-envidia-engaño, El despertar de la señorita Prim hace uso de esta técnica con el descubrimiento de los conocimientos y del encuentro consigo misma (de la señorita Prim). Entonces los diálogos se suman uno tras otro con planteamientos tomistas y agustinianos que para el lector que gusta buscar razones trascendentes de la vida en las novelas, se dará un banquetazo de buena filosofía. Además de filosofía práctica en pleno siglo XXI.

Pero como decía en la introducción, ese "pero" que es como un latiguillo mortificante para el escritor -porque sin dejar de gustar al lector hay algo que no le termina de satisfacer-,  encontré demasiado recurrente, o repetitivo, las formas costumbristas de narrativa inglesas que terminaban molestando, quizá porque al no estar de moda hacen que leer te canse un poco.

Otro aspecto que yo creo que debilita un poco la obra es el final. Para mi gusto quizá mal rematado y por lo tanto queda demasiado abierto al lector, que ha sido traído llevado constantemente por la autora hacia el romántico planteamiento entre la señorita Prim y el Hombre del Sillón. Al final nada, ni sí ni no, ni blanco ni nada. Puede ser que haya lectores que les guste ese cierre, a mí no. Yo como escritor creo que deben dejarse las cosas atadas. Creo que el lector no debe pensar en la trama, si no en lo que la trama le quiere decir, porque si el lector se convierte en autor, los papeles terminan dándose la vuelta creando cierto círculo de frustración que degenera en abandono de la obra o del autor.

La autora, Natalia Sanmartín Fenollera, ha sabido dar con una tecla efectiva que ha vendido muchos miles de ejemplares en España y fuera de ella. Efectiva porque reo que se ha salido de la temática archiquemada y comercialona de lo que ahora se da como "éxito" editorial que es la contraída narrativa erótica. Una breve novela que cuenta la profundidad de la persona, su sentido trascendente, la implicación personal en los demás y la diferencia entre las razones del corazón y la idea clara de pensar antes de dejarse llevar. Es periodista y se nota en cuidado estilo (cosa que no sucede con todos, aunque también sean periodistas) y si que esto sea ofensivo para nadie, me parece todavía más admirable que haya sido capaz de escribir esta novela con la carga filosófica (de los Padres de la Iglesia) que tiene proviniendo su preparación de donde viene (Licenciada en Derecho por la ULC, es Master en Periodismo por la Escuela de periodismo de El País y la UAM y cuenta con un PIDD por la Escuela de Negocios ESIC), así como el lugar dónde trabaja (Jefa de Opinión en el diario económico Cinco Días, de Prisa) cuya línea editorial es contraria a estas tésis.

Y esto sin duda sirve para no etiquetar a nadie, esté donde esté, pues nunca sabemos por qué y que hay en su corazón. ¡Felicidades Natalia!

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