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Las mentiras dañadas (fake news) no son el problema en sí mismo, si no el ambiente que crean en el entorno donde se desenvuelven. Convulsionan, enfrentan y, lo que es peor, distorsionan la realidad por un sentimiento de odio hacia aquello que les hiere. Y eso desgraciadamente, la generación de políticos que dominan el panorama nacional e internacional son eso mismo que han creado: crispantes, porque no saben desenvolverse en otro campo que no sea un campo de minas. No saben debatir ideas, solo enfrentar ideas. Quizá sea la baja intelectualidad lo que da como resultado esta carrera hacia la destrucción de la sociedad y que esta dependa cada día más de ellos, de los políticos.

Otro de los causantes de los paradigmas del siglo XXI, además de los de la familia, son los medios de comunicación, que durante décadas han ido posando los modelos de una sociedad posmoderna. Han sido y son cómplices necesarios para la transformación de la sociedad. Las leyes, las ideologías y los medios de comunicación han trabajado en equipo aunque no conformaran un todo. Se han sustituidos los perfiles humanos de éxito y ya no es quien trabaja y triunfa, sino quien accede a la fama por el atajo que sea. Sin duda, la visión del hombre victorioso en la sociedad marca una ruta a seguir. El joven, rico, profesional, habilidoso, deportista, sano y ecologista… Todos los valores en alza, no así de las virtudes, de las que nadie habla.

Es de Alexis de Tocqueville la frase que mejor define a nuestra sociedad: el hombre –y la mujer– prefiere adherirse a una mentira socialmente admitida que quedarse solo ante la verdad. Así es, porque los falsos paradigmas de hoy son los más alejados de la verdad y por lo tanto de la realidad. Y España, y Europa, y Occidente en general, están (muy) lejos de la verdad porque tienen un gran aliado para esto, los medios de comunicación que todo lo dice como quiere decirlo y calla todo lo que no quiere que se conozca. Esta es la mejor fórmula para no estar al servicio de la verdad, sino más bien al objetivo de dominar en el ejercicio del poder.

Todavía hoy la TV sigue marcando la ruta del pensamiento medio nacional. Y no son las noticias las que conducen a los ciegos en la ruta de la mentira, si no la ficción, muy especialmente las series, hoy muy en auge. En estos momentos, con las nuevas plataformas que van pisando los talones a las televisiones comerciales, cran paradigmas de personas, de circunstancias, de valores, de vicios y virtudes.

Los marcos cognitivos es donde se encuadra el negocio de la comunicación: poder, dinero e ideología. Por supuesto, siempre desde la perspectiva del conflicto y la perspectiva del espectáculo. Todo vale si da rentabilidad. No importa el mensaje, solo vale continente. ¿Las noticias dan dinero si se emiten de una forma determinada? Hágase. ¿Qué esa noticia nos baja el share? No se haga. Y si esto mismo se hace con los noticiarios, imaginen ustedes que no se hará con la programación cultural o de entretenimiento.

Fíjense en este ejemplo… Pablo Motos, presentador de televisión, en la entrevista que realizó a Santiago Abascal, hablando de aborto y eutanasia, dijo alto y claro que no le preocupaba, que no le importaba ni el principio ni el final de la vida, porque "lo que sucede en medio es lo verdaderamente interesante". ¿Ven lo que esta declaración supone para millones de personas, la mayoría generaciones jóvenes, cómo toma asiento en su conciencia? Nadie le dijo con la misma fuerza que sin inicio y sin final no existe lo del medio. De Perogrullo, sí, pero nadie lo hizo. Se frivoliza con conceptos tan profundos, tan trascendentes, que nos olvidamos de que somos personas de carne y hueso, corazón y espíritu. Nos olvidamos de que nuestros principios son, o deben ser, irrenunciables porque si lo permitimos seremos un medio de comunicación más.

Faltan empresarios editores y sobran empresarios que solo miran la rentabilidad de lo que emiten. Hay un serio problema de inocular valores y virtudes a la sociedad. Necesitamos plataformas de la comunicación social que servirán de palanca. No podremos competir directamente contra los grandes grupos de comunicación, pero si podemos hacer guerra de guerrillas con multitud de pequeños medios en internet, hacer galopar a los algoritmos de los buscadores y ser una parte que pese aportando buena información. Debemos apoyar y unirnos a empresas que tengan esa vocación editorial, hoy es imprescindible.

Porque no son solo los medios de comunicación los que están a partir un piñón en los cambios de paradigmas –a ser posible globalizándolos-, con eso que llaman los Objetivos de Desarrollo Sostenible que marca la Agenda 2030 de la Organización de Naciones Unidas (ONU) para erradicar la pobreza, para lo que propone como soluciones es promulgar el aborto y las políticas homosexualistas-. Son diecisiete empresas en total, además de las empresas españolas del Ibex, universidades y colegios, que se vuelcan en converger con esos Objetivos y que desde sus sectores proporcionan la máxima difusión e imposición, si pueden, porque al fin y al cabo estos estratos de poder social son las más globalistas y sus intereses son asíntotos aunque en el mercado vivan en una competencia voraz.

Europa ya no es la tierra de la verdad eterna. Ha perdido ese prurito que le abrió las puertas al mundo. La crisis es cultural y antropológica, es decir, personal y social. Y este desorden, en términos sociales y políticos, va a seguir creciendo y solo si volvemos a un concepto moral de los hechos, seremos capaces de recuperarlo. La vuelta a las raíces, no por motivos nostálgicos, sino porque en ese punto de inicio es donde se construyó la civilización, la arquitectura social, la justicia y la solidaridad innata que aporta la génesis del cristianismo.

Vuelvo otra vez a criticar, y con justicia y verdad, los avances posmodernos de la sociealdemocracia progre. Progre, ya sabe, es lo que se lleva, aunque les moleste más a ellos cuando se lo llamas que a la derecha, eso otro de facha y ultra. Porque progre es todo aquello que pretende ser progresita, avanzado, moderno... La paradoja es que cada paso que da hacia adelante retroceden al pleistoceno donde la ley era la supervivencia de las tribus. Voy a explicarme un poco más...

Ante las libertades democráticas, que se suponen desde hace cuarenta años, donde se nos convenció de que vivir en libertad es que cada cuatro años -últimamente cada seis meses- vamos a votar, y quea podemos reunirnos, ir a la huelga, expresarnos con libertad contra el poder omnímodo, que con Franco no se podía, nos han ido metiendo entre pecho y espalda derechos edulcorados a cambio de nuestra decadencia personal, o la esclavitud de conciencia y material. ¿Puede alguien decirme -con respeto y por orden, por favor-, desde cuándo una sociedad democrática tiene leyes que obligan a una parte de la sociedad a cumplirlas o que puede tomar una decisión pero no la contraria bajo amenaza de multas millonarias o ir a la cárcel?

Leyes como la violencia de género que solo afecta a la mitad de la población solo por el hecho de ser hombre. O la ley LGTB, de la pepera Cifuentes, plantilla a la que el resto de las comunidades se han suscrito, y en la que condenan a todos aquellos, por ejemplo, que pueden ayudar a los homosexuales que desean dejar de serlo, incluso, y aunque lo solicite, el interesado. Ya fue épica la pretendida sanción que realizó el propio Gobierno de la Comunidad de Madrid al director del colegio Juan Pablo II porque se le ocurrió dirigir una circular a los padres de los alumnos anunciándoles que en ese centro se impartiría moral cristiana y católica. Ahora bién, que el tiro le salió por la culata a la expresidenta porque finalmente un juzgado lo desestimó por fundamentalista e ir encontra de la libertad de expresión e información, que como director del centro le amparaba.

Ahora en Madrid, con otro nuevo gobierno del Partido Popular en coalición con los liberales naranjas -con trazas de extinguirse según la última intención de voto-. han sancionado a Elena Lorenzo, una coach que da apoyo sin fin de lucro a homosexuales que habían solicitado sus servicios. Nada más y nada menos que por osada e ilegal la han enchufado una multa de 20.001 euros, en plan "a ver quién es el guapo que es el siguiente", y tener a todos los colegas de Elena empotrados contra la pared, y no le queda otra que pedir ayuda para sufragar tal palo que a la velocidad que lo ha conseguido muestra la cantidad de gente que está en contra de esta reducción de la libertad personal..

La Iglesia ha dado la cara, no todos, aunque parece que sí están de acuerdo en el mensaje, porque Mons. Argüello también denunció que la Ley contra la LGTBIfobia de Madrid (elaborada por el PP) “prohíbe explícitamente el acompañamiento religioso y espiritual”, algo que “es profundamente anticonstitucional”. Pero nadie más, excepto ese partido verde y ultra que Sánchez le tiene como al innombrable, parece que es el único dispuesto a enseñar los dientes a leyes de este pelaje. Los demás compiten en ser progres, muy progres y súper progres y -discúlpenme-, el último marica.

¿Dónde esta la sociedad de las libertades y el igualitarismo? ¿No ven los ciudadanos de toda condición que una ley que castiga sólo porque cambias de opción, y que sólo en una dirección es al final un cepo para todos? ¿Dónde están los ciudadanos heterosexuales y homosexuales que no salen a la calle a defender sus libertades? Somos capaces de pasar frío o calor en una manifestación contra el cambio climático y no movemos un dedo por el cambio de opinión personal. Sociedad muy rebelde mientras no nos afecte. ¡Pero, ay, cuando nos tocan la fibra...! Entonces se nos aplicará el famoso poema escrito por Martin Niemöller, pastor luterano alemán, cuyas versiones más conocidas comenzaron a circular en los años 1950:

 "Primero vinieron a buscar a los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.

Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.

Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.

Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.

Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada"

Verdad y justicia. No hay una ley que sea justa si no está amparada en la verdad, y la verdad es es radica porque es la verdad, y no es negociable. Cien veces repetidas una mentira no hace una verdad y la legislación actual pretende fabricar verdades a golpe de consenso, por los votos de personas vacías de moral, de rigor y justicia, solo con intereses que no pueden ser nada más que oscuros porque no aportan luz al bien común.

Como dije en el artículo anterior, sobre la crisis editorial, los problemas de este sector son muy graves, fundamentalmente porque se sigue tratando de mantener unas estructuras de hace 50 años o más, cuando ya nada es lo mismo, ni se parecen las formas de editar ni de leer. Sin embargo, esa es la preocupación de la mayoría de los editores, que seguimos con el mismo protocolo comercial y de Ley del Libro, sin que nada no nadie quiera cambiar.

Hablé de dos de los problemas que a mi juicio hunden al sector: trabajar en depósito y el precio fijo del libro. Ahora voy a analizar otros factores que me parecen tan importantes como los anteriores y que también afectan al sector de forma tan dañina y que no ayuda en nada a levantar el vuelo, como sí han hecho otros sectores que han sabido actualizarse y mirar hacia delante.

El sistema de distribución a librerías sigue igual, bueno no, sigue peor en general. Las distribuidoras, especialmente para los pequeños editores, son consideradas como un departamento comercial externalizado, de la que el resultado de las ventas depende tremendamente de su acción. Sin embargo, apenas hay feedback entre uno y otro, porque el distribuidor trabaja a destajo para los títulos de éxito, los betsellers. Los betsellers, normalmente llegan de grandes sellos que son los que pueden cerrar contratos fuertes con adelantos de ventas a los autores o apostar por la compra de derechos de explotación. De forma que la editorialita se queda con las migajas, para la compra por impulso o si el autor y la editorial hacen un esfuerzo titánico para darse a conocer en un mercado saturado para provocar una mínima demanda de público que se acerquen al librero a pedirlo. Las distribuidoras debe cambiar el sistema. Deben apostar más por el producto de sus representados, no solo coger sellos que, por tener cantidad, finalmente redundará en trato de escasa calidad.
 
Otro de los defectos del distribuidor es que, como el librero, también trabaja en depósito. Así es fácil tirar con pólvora del rey, pidiendo fondo al editor para hacer una buena implantación y después devolver lo no vendido sin ninguna responsabilidad. La distribución debe arriesgar de mutuo propio o morirán o serán devorados por enormes máquinas de servir novedades, donde los pequeños editores no tendrán cabida porque no podrán afrontar la inversión que exige la fabricación de miles de ejemplares. ¿Y qué harán entonces estas...? Pues trabajar directamente con el cliente final, ya sea el lector o el librero especializado o interesado en adquirir determinados títulos, pero preveo entonces que el depósito en este caso desparecerá.
 
El librero debe comprar en firme y la Ley debe liberar el precio de tapa. Lógicamente no tendría sentido lo uno sin lo otro. Sin duda es una de las posibles soluciones para que al sector arrancanse de una vez por todas hacia adelante. El librero, en función del número de ejemplares adquiridos, puede negociar mayor descuento y ofertar más barato en su escaparate. Claro, comprendo que los libreros se nieguen a tal apuesta, porque ahora están cómodos, sin arriesgar. Esta propuesta no es tan rara, hay muchos países que trabajan desde hace tiempo con esta fórmula de negocio, y a nosotros no nos iría mal, nada mal. Hay quién se pueda preguntar que qué hay de lo del autor... El autor cobraría, no por el tanto por ciento estipulado del PVP menos el 4% de IVA, sino por el tanto por ciento ajustado a la factura del editor según sus ventas, no las del librero. Así, todo es más proporcionado, todos ganan justamente lo que han puesto al servivio del mercado, y el autor ganará finalmente lo que de verdad valga él como escritor, no por el hecho de tener publicado un título.
 
Hoy, el ciclo de vida del libro es casi inexistente. Hace años, un libro era novedad durante un año -¡eran otros tiempos!-. Hoy en día no llega al trimestre. Solo tres meses para que el libro se venda o muera. ¿Por qué? Porque se vende tan poco del fondo, que las editoriales apuestan por la huída hacia adelante sacando un título por mes como mínimo, eso las pequeñas, porque los grandes pueden inundar el mercado sacando hasta más de treinta títulos mensuales entre todos sus sellos subrogados. De forma que lo que acaba de lanzar al mercado, desplaza a lo anterior, y si el librero no lo ve salida devuelve los ejemplares que apenas llevan en la calle mes y medio o dos meses... Claro, como se trabaja en depósito, se devuelve al distribuidor y este a su vez, ya sabe usted a quién.. ¡al editor, correcto! Una vez más, es el depósito el culpable de que esto suceda, ya que los disitribuidores lanzan al mercado las novedades y, lo que realmente es una colocación, muchos de ellos lo liquidan como venta, lo que al cabo de dos, tres o más meses se convierte en la parca de los beneficios del editor, porque llegan las devoluciones, motivo por lo que se convierten en otra de las peculiaridades de este sector: las facturaciones negativas.
 
Es difícil romper con esta inercia si el sector no propone nuevas formas de hacer mercado y la cadena de negocio no responde a estas. Pero desde luego si no se intenta nada, todo seguirá deslizándose por una rampa hacia la oscuridad donde los cierres de editoriales, distribuidores y libreros se encontrarán allí, en el pozo húmedo y negro de no saber qué hacer.

El sector editorial está en crisis desde hace ya más de diez años. Una crisis que no solo le afectó en su origen la económica, aquella que Zapatero no veía y sus ministros no hacían más que anunciar brotes verdes por aquí y por allá, mientras España y los españoles se hundían en el paro, las empresas cerraban con estrepitosas quiebras dejando a familias enteras arruinadas y en la calle, con desahucios en todas partes...

Es que el sector editorial también vive una crisis interior que solo les afecta a ellos, especialmente al editor que carga con todo el peso de la inversión ya que hoy por hoy todavía sigue trabajando en depósito, sistema incomprensible que lo que hace es socavar aun más la posibilidad de salir de una vez por todas de este agujero que todos sufren. Citaré y explicaré que no solo es el sistema de depósito lo que no ayuda en nada, que también hay otros factores que machacan celosamente al sector.

El sistema de depósito es un sistema en el que solo el editor propicia la inversión del producto, ya que el resto de la cadena comercial trabaja en depósito. Bien, esto tenía cierto sentido en los años '70 cuando la venta de libros no era un capricho sino una necesidad para poder obtener información contrastada por expertos o a los autores favoritos para leerlos, ya que ninguna de las tecnologías que ahora existen, y que la mayoría son vulnerables para ser pirateadas, estaban a disposición del público lector.
 
Hoy tenemos además de los libros en papel (que es lo único que sigue en pie desde entonces) están los libros electrónicos -que no son negocio para nadie excepto para la plataforma que los oferta, y si esta tiene éxito-, también Internet aporta mucha información desordenada pero gratis, y además la propia Internet ofrece un escaparate casi infinito de publicaciones ilegales de libros pirateados.
 
Por eso en los años '70 era necesario porque el propio mercado protegía la ganancia de todos. Pero hoy no. No podemos seguir manteniendo un sistema que todos los gastos recaen sobre el editor pase lo que pase con el producto en el mercado. Prácticamente el sector editorial es el único que trabaja en este sistema obsoleto, sencillamente porque el mercado ya no es el mismo que hace 50 años y sin embargo todos quieren seguir haciendo cestos con los mismos mimbres.
 
El precio fijo del libro es otra manera de bloquear al sector. Un precio fijado por el editor y protegido por la ley solo provoca que muchos libros no tengan una segunda oportunidad por un fenómeno conocido como oferta y demanda, tantas veces alimentado por un precio rebajado que alienta a la compra y el lector no tener que pagar el precio a veces alto -ojo no confundir con caro o abusivo pues en general es proporcional a los costes del editor-. Un precio fijo e inamovible excepto por un agresivo 5% de descuento público (¡Ojo, el 5% de 20€ es 1€...! En fin). ¿Por qué todos los sectores pueden aprovechar el tirón de unas rebajas que dé la oportunidad a recuperar la inversión...? Porque no es necesario, dirán muchos, y dicen bien, porque como el sector trabaja en depósito el librero no ha hecho ninguna inversión en producto, luego recae una vez más la pelota sobre el editor, que se comerá todos los ejemplares sobrantes del mercado, manoseado, en muchas ocasiones estropeado, etc. y que terminará vendiendo en un saldo muy por debajo de su coste y, este seguro que no, recuperará la inversión que sí realizó.
 
En el próximo artículo, La crisis editorial (y II), hablaré de otros aspectos tan perjudiciales para el sector editorial como son: la distribución actual, el librero y el ciclo de vida de un libro.

La ONU empezó a sugerir a los presidentes socialdemócratas que crearan determinada legislación convirtiendo hechos de perversión en algo legal, normalizando determinados comportamientos.Pensé que el título iba a ser una pregunta retórica, luego vi que no, que era directa como un puñetazo en el ojo. He analizado la situación actual a la luz de la historia más contemporánea, y vi cómo desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy, la sociedad de corte tradicional y conservadora ha girado a progre e individualista.

Todo tiene un principio. Marcos López Herrador lo explica muy bien en su ensayo La rebelión de los amos (Sekotia, 2017), donde hace una exposición clara y contundente de que los aliados vencedores, dirigidos por el gran hermano americano, quisieron construir una Europa social, democrática y solidaria y el resultado final vino a llamarse socialdemocracia, donde todos las ideas tenían cabida excepto las excluyentes y no democráticas. Se trataba de un potente muro que frenara el avance impositivo del comunismo de la URSS.

De esos años '40, el salto de los '50 y '60 se cobró con un desarrollo económico e industrial sin precedentes en la historia de la humanidad. Tanto es así que incluso decidieron firmar un acuerdo que determinaron llamar Declaración Universal de los Derechos Humanos en el que, nada más y nada menos, la familia ocupa el puesto 16 de los artículos: La familia es la unidad básica natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a protección por parte de la sociedad y del Estado. Del orden y recto cumplimiento de esto se encargó una nueva organización que vino a llamarse Organización de Naciones Unidas (ONU, 1948).

"La familia es la unidad básica natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a ser protegida por el Estado", recoge la Declaración Universal de los DD. HH.

Este éxito financiero, el amplio desarrollo demográfico y las coberturas sociales de las que gozaban sus habitantes hacían de la Europa común el paraíso de cualquier demócrata de clase media, donde ni el frío ni el hambre volvería a asolar los hogares. Sin embargo, y aun yendo todo también y tan bonito, Estados Unidos no implantó ese mismo régimen sociopolítico para sí mismo... ¡Ahí lo dejo! -y que cada uno entienda lo que quiera entender.-

Y pronto llegaron las tendencias globalistas con matices de dominación mundial. Control del mercado internacional, freno a la expansión demográfica y desarrollo de las libertades individuales. Este combinado de fuerzas, que se trenzaban entre sí generando nuevas y diferentes corrientes de movimientos sociales, reventó finalmente en el Mayo del 68 -del que por cierto celebramos el 50 aniversario, que es coincidente con el de la Humanae Vitae, ¡qué casualidad!-.

En Europa se instauró la socialdemocracia, sin embargo, EEUU no implantó ese mismo régimen para sí mismo.

Fueron los niños pijos europeos que se rebelaron contra el poder establecido y sus padres. Aquellos que les habían regalado un estado del bien estar, una vida fácil con protecciones sociales pagadas por sus impuestos, y como si hubiesen recibido un mensaje colectivo, descubrieron que les habían engañado y que lo que deseaban era libertad, que al fin y al cabo se ceñía a la libertad sexual que se les antojaba. Las tradiciones y las costumbres de familia les aprisionaban.

Más tarde, los códigos heteropratiarcales eran sus cadenas, sobre todo para las mujeres, sometidas por el varón a través de los embarazos que las relegaban a un ser mamífero procreador sí o sí. Las feministas, por un lado, y los movimientos homosexualistas, por otro, comenzaron a cerrar la pinza que ahogaba a la familia. Metodos anticonceptívos, amor libre, aborto... Más tarde, fecundación in vitro y vientres de alquiler para que quien quiera ser familia que lo sea, aunque no lo sea, ni lo será jamás.

Las ideologías eugenésicas que en Estados Unidos estuvieron tan de moda desde finales del siglo XIX, que hasta los propios presidentes promulgaban, y que la Alemania nazi lo hizo descaradamente, pensaron que no podrían seguir adelante con ellas y que todo debería ser más sugestivo sin que nadie pudiera poner en duda que su vida estaba en peligro. La estrategia, bendecida por la ONU y responsable de su impulso en todo el mundo, comenzó por sugerir a los presidentes socialdemócratas que crearan determinada legislación convirtiendo hechos de perversión en algo legal, normalizando determinados comportamientos. Para eso no faltarían subvenciones, inversiones locales y relaciones internacionales para abrirse al mundo entero.

Los niños pijos europeos descubrieron el engaño y se rebelaron contra el poder y sus padres, deseando libertad... más bien, libertad sexual.

Llevamos más de 40 años de socavar a la familia, a la unidad básica natural y fundamental de la sociedad, dejándola cada vez más huérfana, aislada y apaniguada, tratando de meter en el mismo saco a los mal llamados matrimonios homosexuales y las familias monoparentales. Por supuesto, el aborto, hoy por hoy, está asumido por la sociedad como un hecho necesario, más que nada por libertad de la mujer. Sin embargo, cuando democráticamente un país decide que el aborto no es admisible, las ordas mundiales se echan encima como acabamos de ver en Argentina y nuestro inelecto presidente, Pedro Sánchez, y Ada Colau se apresuraron a rasgarse las vestiduras  escandalizados por semejante delito siendo más feministas que las más feministas.

Pero que estos personajes digan eso, es de cajón, están obligados a ello por la trilateral internacional. El peor pelotazo llega desde dentro, desde las filas familistas que se suponen que están para defender a la familia natural, y así el nuevo presidente de Familias Numerosas, Benito Zuazu, se expresa con estas palabras: “le aseguro que voy a mantener relaciones con todas las federaciones que representan a los diversos modelos de familia, como las LGTBI o las monoparentales, para ver en qué aspectos podemos ir unidos”. En fin, si desea seguir siendo familia y no un invento progre, deberá, mientras no se demuestre lo contrario, seguir luchando por usted mismo. ¡Ánimo, hay esperanza!

Llevamos más de 40 años de socavar a la familia: los mal llamados matrimonios homosexuales, familias monoparentales y el abort.

 

Libertad. La democracia es eso, libertad. Sin embargo, cuando la libertad está consensuada por unos pocos gracias al empoderamiento al que acceden por medio de las urnas, la libertad no es lo que es, sino la forma ineludible de actuar en sociedad.

Libertad. La RAE específica hasta 12 acepciones para esta palabra que ha sido sobada, manipulada y deformada por políticos populistas, filósofos interesados y el vulgo siempre cuando le ha convenido. Pero me quedo con las dos primeras que creo que son las que de alguna forma más nos afectan:

  1. Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.
  2. Estado o condición de quien no es esclavo. En democracia se vende este concepto porque se nos dice que podemos elegir libremente a quien deseamos que nos gobierne, es decir, a esos cuya confianza formalizamos en las urnas para que cuiden de nuestras vidas y favorezcan el bien común. Una libertad que nos hace creer que si salen los nuestros nuestras vidas mejorarán y, si no, no serán tan buenas como podríamos imaginar.

 

Por lo tanto tendremos que asumir la responsabilidad de nuestros actos cuando a los que votaste una vez que gobiernan, no lo hacen pensado en nosotros, sino en sí mismos. Es decir, la democracia actual consiste en que participamos en libertad para que los políticos se blinden con nuestros votos en una dictadura. Una dictadura que, cuando es mayoría, se vuelve en dictadura absoluta.

Cuando los políticos o las personas que acceden a gobernar no se rigen por los principios que les definen y son corrompidos por el poder, corrompen a los que les rodean y corrompen la razón para que todo esté de su lado, da lugar un Estado fallido porque estafa la libertad prometida al ciudadano. Cuando las decisiones de Estado se rigen por la ética del pensamiento dominante y carece de razones morales, el ciudadano está perdido porque no tiene más salida que soportar heroicamente lo que deciden por él. Entonces el punto 2 de la acepción de Libertad deja de tener sentido, porque somos esclavos de una libertad consensuada.

Populismos llenos de eslóganes y vacíos de soluciones; nacionalismos que excluyen otras formas de pensar y querer vivir; leyes que se ejecutan aboliendo uno de los principios fundamentales de un Estado de Derecho, como es la presunción de inocencia; los medios de comunicación convertidos en voceras de los intereses financieros e ideológicos; y la masa social cautiva por su baja intelectualidad, moral y reflexiva... Entonces estamos ante un país camino de la ruina. Toynbee dejó muy claro este punto: Las civilizaciones no mueren asesinadas, sino que se suicidan.

Llevamos años de vaciado moral, huyendo hacia delante de nuestra identidad cristiana, en una constante disolución de nuestros principios y nuestras costumbres. Apisonados por una cultura constante de la muerte: el aborto, la eutanasia, la maternidad subrogada, la degeneración de la lucha de géneros. Unos pocos empujan y empujan para que la sociedad sea una masa enorme y deforme fácilmente manejable.

Muchos ya lo ven como algo normal, una vana evolución del ser humano. Menos se rebelan contra este cambio pero callan cómplices, o cobardemente, casi peor. Y pocos, muy pocos, pelean arriesgando su fama, su carrera, su fortuna, estudiando y formándose para combatir desde la intelectualidad este ataque salvaje y democrático contra la dignidad del ser humano.

El final de los tiempos, como dice el Marqués de Tamarón en su prólogo, “es una alegoría política del presente y barrunto del futuro, y un relato de aventuras, y una historia de amor, y una descripción, a veces cómica, de la estupidez suicida del género humano”, y además, “una búsqueda de lo sagrado”.

La peripecia de los protagonistas se desenvuelve en una acción trepidante donde la intriga y las maniobras de poder se combinan con un código simbólico que el lector descubrirá poco a poco. Una crítica global del mundo contemporáneo que irritará a los conformistas y estimulará a los disidentes. Quizá el final de los tiempos ha comenzado ya.

La vieja civilización ha muerto, asesinada con saña. El nuevo orden del mundo ha proclamado la muerte del espíritu y la condena de la Historia

José Javier Esparza acaba de publicar con Sekotia una novela distópica de fuerte carácter cristiano que trata de momentos demasiado presentes. Realmente es la renovada publicación que ya sacara hace más de 12 años bajo dos títulos diferentes: El dolor y La muerte, pero en esta ocasión revisada y estructurada en tres partes, ya que a los dos anteriores se añade Los diarios de Román, que es el nexo de unión entre las anteriores partes ya citadas.

Por lo tanto, con El final de los tiempos, realmente nos encontramos ante una novedad literaria porque se ha convertido en una obra diferente. En todo caso, y teniendo en cuenta que la trama y los hechos que se narran tienen ya casi 15 años desde que se escribieron, sin embargo asusta ver la realidad de lo que vivimos hoy en nuestras calles y nuestras vidas.

Dice la sinopsis: “En un paisaje sin Dios ni identidad, el dinero y la técnica imponen su dominio. La religión es un sucedáneo y la democracia una pantomima”. Pienso que sólo esta frase define con claridad el espejo social en el que se mira esta novela, que como bien dice el autor: “El final de los tiempos es una novela futurista, pero no es ciencia ficción: se trata en realidad de una alegoría de nuestro propio tiempo”.

¿Quieres saber más de este título? Escucha este podcast de SomosLibro donde entrevisto a José Javier Esparza en profundidad.

¿Pero qué está pasando con el feminismo? ¿Por qué este empoderamiento de la mujer contra el hombre? ¿Por qué mujeres de toda edad y condición se han radicalizado con este feminismo contaminante que lejos de propugnar la igualdad entre sexos busca la anulación del hombre? ¿Por qué los medios de comunicación se rasgan las vestiduras por hechos, que en la mayoría de los casos se desconocen las causas, victimizando a la mujer y creando una raza aparte de verdugos que somos todos los hombres?

¿Por qué frases tan vergonzantes como la del Presidente de Extremadura, señor Vara, que para felicitar el año (Minuto 6,05), tiene que hacer un ridículo esperpéntico diciendo que “los hombres matamos a las mujeres por haber nacido mujeres…”? ¿Es necesario ser tan cretino para parecer que eres moderno y contentar a un puñado de feministas que en el fondo ni ellas mismas se lo creen porque saben que es mentira?

Leyes y más leyes que pretenden armonizar pero sabemos que rompen y vuelven a romper a la sociedad porque cada vez más aíslan al hombre de la mujer, a la mujer del hombre, y en medio los hijos, como víctimas propiciatorias. Y entonces, ¿quién educa a los chicos en valores si los progenitores no son ese modelo de paz y amor que debieran ser? Pues el Estado y sus modelos sociales, por los líderes de fantasía que montan en las carrozas de Reyes Magos, las series de TV o películas para público infantil de determinadas factorías… E impuestos por leyes que arrinconan a los verdaderos responsables de educar, que somos nosotros, los padres.

Para todo esto hay una herramienta imprescindible: el feminismo radical que como materia prima hace uso de la mujer contra el mundo, quedando sola ante sus decisiones personales como su identidad personal, el aborto y todos sus derechos, vacíos de obligaciones y responsabilidades.

El pasado martes día 9 de febrero de 2018, en Radio Ya, en su programa SomosLibro tuve la ocasión de presentar en una tertulia con tres mujeres: Rocío Monasterio, Patricia Camacho y Alicia Rubio donde se debatió ampliamente sobre todo esto. Invito a escuchar el programa y saber cómo conseguir de forma fácil uno de los libros más importantes que se ha escrito sobre este tema: Una revolución silenciosa (Libros Libres), de Jesús Trillo-Figueroa, uno de los ensayistas más preclaros sobre las ideologías dominantes del momento.

 

Ana Bolox, a la que he tenido la suerte de conocer y compartir micrófono en algunos programas de radio, creo poder presumir de su amistad. Ana es un mujer independiente con idea propias, y no por eso necesariamente feminista. No quiero catalogarla pero con ella se encuentra uno a gusto y acompañado, porque conversar con ella es agradable. Tuve la oportunidad de comprobarlo en el programa de radio de hace pocos meses sobre novela negra y policial -que te invito a conocer si lo deseas- junto con otros autores que también han escrito novela negra y policíaca.

Conociendo cómo es Ana, es fácil esperar que su forma de escribir sea distinguida, suave, armónica y bien estructurada. Sin duda ha bebido de la literatura de los clásicos ingleses del misterio como la maestra Agatha Christe. Y sin duda es el motivo por lo que su blog-escuela es un éxito y ya puesto a ver cosas de Ana da un repaso a su web con reseñas, consejos y buenas ideas.

Me han impresionado dos cosas de su obra: la primera el tono literario elegante, agradable, que se lee de forma cercana y que sin duda concreta muy bien el ambiente donde se desarrollan las escenas; así como los personajes, que están muy bien definidos y cuyos diálogos están, no solo muy bien trabados, si no muy bien adecuados a cada actor para que trascienda la personalidad de cada uno, lo que termina creando el marco justo de la novela en la medida que cada hombre o mujer que aparecen en escena ya no sorprenden negativamente, sino que son reconocidos por el lector de forma familiar.

El segundo aspecto que me ha llamado la atención, ha sido la capacidad de creación de la trama. Es cierto que si bien una buena narración y estupenda descripción hace las delicias del lector y puede encumbrar a un autor, si no está acompañado de una trama bien pergeñada termina por aburrir y hundiendo un buen intento de novela. No es el caso, puedo asegurarlo, que no hay puntada sin hilo en los hechos y los dichos, y cada detalle tiene una justificación anterior o posterior. Nada puede hacer suponer al lector el final de la novela. Incluso, como fue mi caso, uno llega a preguntarse de qué o cómo se sacará Ana la carta de la manga para terminar de desenredar la maraña tejida de circunstancias en la que el lector está tan perdido como bloqueado suponiendo imaginar el final…

Como he dicho desde el principio, soy un profano en este género y quizá peco de novato cuando digo que para mi gusto había demasiados personajes. Unos que se emparejaban con otros y otros cuyas vidas presentes y pasadas se cruzan, configurando un pequeño laberinto que me ha hecho perder el hilo por no saber quién era quién en algunos momentos de la narración. Pero quiero insistir que seguramente se debe a mi falta de costumbre en este tipo de historias.

Muerte en los Hampton es una novela en la que un curioso y competitivo matrimonio, el  matrimonio Starling, compuesto por un diplomático en misión secreta y Anne, su mujer, una metomentodo con olfato de inspector, que son invitados a una lujosa casa a la cena de Navidad. Todo son lujos y delicadezas por parte de la anfitriona que tiene que capear con algunos invitados que no pegan ni con cola pero que el compromiso de los negocios y los ocultos intereses, terminan enredando las buenas y aparentes intenciones que tiene todos de agradar. Termina saltando por los aires cuando uno de los invitados aparece al día siguiente muerto en su cuarto.

La inspectora Nicole se presenta en los Hampton y lo hace con un viejo conocido de Anne Starlin: Arthur Crawford, un policía que ya en otra ocasión tuvo la suerte de tropezarse con Anne y que ambos se empeñan en mantener en secreto para no levantar sospechas de una relación del pasado que no se desvela en la historia, pero que coquetea con lo sentimental, lo profesional y la sagacidad competitiva del sabueso detectivesco.

En definitiva una obra divertida, que entretiene lo que debe y que desde luego te deja el buen gusto de seguir leyendo más de Ana Bolox.

¡Enhorabuena!

Con Azul, pero azul oscuro se cierra la trilogía "Todos lo hicieron mal". Ha sido una experiencia personal muy bonita e interesante. Quizá por esa misma razón no he querido escribir más sobre ella y lo ha hecho Maite Martín, la correctora de Lector cero que ha hecho la labor de reajustar y corregir la obra en las tres ocasiones. Os dejo con ella 🙂

La trilogía Todos lo hicieron mal es la huida de Jill para escapar de su vida, pero también para escapar de sí misma.

En la primera novela, Tom el fuerte, conocemos a nuestra protagonista de adolescente, viviendo en casa de sus padres, con una madre muy enferma y un padre que se desvive por atenderla; Jill se siente ignorada y fuera de lugar, y cuando conoce a Tom decide darle una lección a su progenitor para que se preocupe más por ella. Pero su rebeldía tendrá como consecuencia una serie de trágicos sucesos.

En la segunda parte, El perro de Ben, Jill se instala en Rock Village, un pueblo en las montañas. Trabaja en el bar de una gasolinera y parece que su vida se va estabilizando. Hasta que se enamora de Dock. El reverendo no ve con buenos ojos que su hijo esté con una «mujer de mala vida» y le hace a Jill la vida imposible. Dock, Ben y Clapton, un camionero,  serán sus únicos apoyos.

En la obra que cierra la trilogía, Azul, pero azul oscuro, nos reencontramos con una Jill ya madura. Lleva dieciséis años viviendo con Rubén, un extoxicómano que la ayuda a regentar un bar, y colaborando en el Hogar de Bob, en el que se acoge a personas sin recursos. Pero Jill enferma y, además, el pasado, que creía haber dejado enterrado en Rock Village, vuelve para destrozarle la vida a ella y a algunos de sus amigos.

A lo largo de estos tres libros, vemos la evolución de nuestra protagonista, desde una adolescente rebelde, enfadada con sus progenitores y con el mundo, pasando por la joven de Rock Village, que tiene claro que lo único que necesita es vivir en paz y no complicarse la vida (aunque le resulta imposible porque algunos miembros de la comunidad no se lo permiten), hasta encontrarnos con una Jill cuarentañera, con una vida estable, colaborando para ayudar a los que más lo necesitan.

Pero parece que a Jill la felicidad le es esquiva, porque cuando mejor le iban las cosas, el pasado vuelve, de la mano de Jeremías, y nos encontramos con un trágico y desgarrador desenlace.

Una trilogía en la que se demuestra que todos los actos tienen consecuencias y que, por mucho que lo intentemos, el pasado siempre termina atrapándonos.